Así
le llamaban en casa de mis padres.
Así
conocíamos a la Relojería Arrondo cuando vivíamos casi al lado y cuando
cambiamos el domicilio familiar un poco más lejos.
El
relojero de la plaza.
La
Plaza del Rastro, para más señas, ahora que como nombre lleva el nombre del
barrio. Para mí, al menos, siempre será la del Rastro, recordando aquellos
domingos por la mañana llenos de vida. Una vida que poco a poco se ha ido
apagando en esos porches. Poco a poco, avisando al principio e implacable hoy
en día, el tiempo va dejando los escaparates de antaño en una colección de
persianas cerradas.
El
30 de marzo la bajó definitivamente Patxi Arrondo Jordán, el relojero de la plaza. El
último relojero de la Txantrea. Como si se tratase de un gesto solidario o de
un mal presagio, el reloj naranja también ha detenido el movimiento de sus
agujas.
En
un mundo dictado por las prisas, nos estamos perdiendo el cambio que se está
produciendo a nuestro alrededor. El comercio de proximidad, el “de toda la
vida”, se jubila sin relevo.
Hoy,
a finales del mes de abril, estoy escribiendo lo que debería haber escrito hace
un mes. Entonces, cuando comencé con el primer borrador, había pensado en titularlo “Tempus fugit”.
El
tiempo vuela, en castellano.
Con
estas palabras recibía a la clientela el hermoso reloj de antesala que, a mano
izquierda y al entrar en la relojería Arrondo, parecía decirnos aun con las
manecillas paradas, que el tiempo gastado es irrecuperable.
Era,
por situarnos en la historia, el 30 de marzo. Lunes. Llevaba meses pensando en
escribir sobre la última relojería/joyería que quedaba en el barrio. Mis cosas
y la desaparición de Txantrean Auzolan habían ido atrasando la
entrevista y los carteles que anunciaban el inminente cierre de la tienda me
empujaban a intentar que, de alguna manera, se guardara para el recuerdo el
paso de esta familia por los porches de la que, para mí, ya lo he dicho antes,
siempre será la Plaza del Rastro. Por cierto, antes de que se me olvide, en
referencia a este tema y saliéndome del guion,
el gran fotógrafo y mejor persona Jaime Martín, proponía el nombre de Enrique
Villarreal, El Drogas, para rebautizar a la plaza en la que dio los
primeros pasos con los míticos “Barricada”. Ahí lo dejo caer…
Volviendo
al tema, era el 30 de marzo y aunque fuera lunes había celebración por partida
doble. Por un lado, el cumpleaños de Patxi Arrondo. Una vuelta más al sol, se
dice ahora. Por otro, y quizás más importante, aunque sin la primera no se
alcanza la segunda, la llegada de su jubilación.
Patxi
se jubilaba, sí. Esos últimos días sus pícaros ojillos estaban más iluminados
de lo habitual. Con un alegre nerviosismo, pero con la normal tristeza que
suponía la realidad de dejar atrás toda una vida dedicada a los relojes, él y
su esposa, Almudena Villaplana, se iban despidiendo de l@s vecin@s que se acercaban
para aprovechar las ofertas y para demostrar el cariño construido durante
décadas. Por el umbral de esa puerta han ido pasando, al menos, tres
generaciones de txantrean@s. Casi nada. Solo hace falta echar las cuentas.
Comenzó con 9 añicos enredando, dando cuerda a aquellas viejas maquinarias
y ha soplado 65 velas. 56 tacos al pie del cañón.
A
lo largo de esa mañana, entre pastas, felicitaciones, despedidas y con la emotiva
sorpresa de un aurresku, que hasta se le escapaba alguna lagrimilla, fui
testigo del fin de uno de esos comercios que se queda en el camino. Junto al
matrimonio y las últimas dos clientas, Nati y Bea, me quedé hasta ver cómo la
persiana bajaba por última vez. Quizás fue una bonita casualidad, la manera
paradójica, y a la vez real como la vida misma, el ver a esas dos mujeres elegir
los últimos pendientes que se iban a vender. Yo estaba allí, embobado,
disfrutando de la conversación entre una abuelica con más ayeres que
mañanas y la representante de un porvenir con rasgos de lejanas tierras
con ganas de seguir construyendo un futuro al frente del bar de la plaza. El bar
Ángel. Yo estaba allí, pensando en escribir sobre el vacío que dejaba el último
relojero, siendo consciente espectador del abrazo acogedor de mi barrio y del calor con
que recibía la respuesta.
Es
verdad, que la batalla la han ganado los móviles a los relojes de pulsera. En
mis tiempos, creo recordar, era el regalo de la Primera Comunión. Hay cosas,
muchas cosas, que han ido cambiando. Lo de si a mejor o a peor, el tiempo, ese
imperturbable tiempo, lo irá descubriendo. A mí me asusta un poco, el ir
perdiendo referencias que me han ido acompañando. No por el hecho de envejecer,
sino por no estar preparado para ir respondiendo a los cambios.
Iba
a escribir sobre Patxi, el relojero de la plaza, sobre su esposa Almudena, sobre
cómo se conocieron en Tafalla, sobre sus padres Pili y Gonzalo, sobre su hija Itziar,
sobre su hijo Aritz, sobre la coincidencia de las letras en sus nombres, sobre sus hermanos Jesús y José, sobre aquel maldito atraco del 22
de enero de 1983...
Lo
iba a hacer, en serio, pero a lo largo de este mes en el que lo dejaba para luego, me he
dado cuenta de que esa entrevista ya estaba hecha. Otros medios, periodistas
con más habilidad ya las habían escrito.
Yo
solo puedo intentar describir lo que para mí significa bajar una persiana. El
ver el cartel de “se vende” en lugar de luces en el interior. El poder entrar
en una tienda y poder preguntar, en vez de ver pasar los artículos en la
pantalla del ordenador o del móvil y esperar a que los traigan a casa.
No
sé, a mi me da que pensar que algo no se hace bien. Que puede que sea la
burocracia, los horarios, la complicación para la conciliación familiar, la
búsqueda de otros horizontes…, qué sé yo, la causa de tantas despedidas.
Escribiendo
y repasando, sé que me dejo muchas cosas. Me ha pasado siempre. Releo y me
pregunto si habría que tirar de los hilos que se sueltan. El hecho de no haber sido capaz de lograr sacar
adelante una prórroga, un proyecto que continuara con lo que suponía la
revista, me hace renunciar a historias como la que se ha pegado El Drogas en dos semanas, una idea que me daba vueltas y que no pude concretar con su socia, Mamen, escarbar
en esas miradas cómplices de Nati y Bea, el trabajo de Jaime, los jóvenes y decididos pasos para construir el Gaztetxe...
Hoy
puede que haya hecho mi última entrevista. Mi último artículo. Tenía esta
espina clavada y aunque no lo haya
escrito como lo había
pensado, creo que es un, espero, digno y sincero adiós. El mío con las letras y el del relojero
de la plaza, el último relojero de la Txantrea.









































































































































































